Reyes Magos: Cultura occidental desde la Alta Edad Media

La figura de los Reyes Magos ha suscitado la atención de la cultura occidental desde la Alta Edad Media. A partir de un breve pasaje de san Mateo -el único evangelista que hace referencia a ellos, la tradición cristiana elaboró una de las más fecundas leyendas vinculadas al nacimiento de Jesús.

Dicha tradición cuyos contornos son imprecisos y remiten, en numerosas oportunidades, a los evangelios apócrifos tiene un referente significativo, en la literatura española, en un tratado de fines del siglo xv conocido como Historia de los Reyes Magos, actualmente conservado en la biblioteca de la Universidad de Salamanca.

Fruto de un apasionado debate acerca de los errores cometidos por los judíos, el texto pretende demostrar que la religión hebrea no puede sostener su ignorancia acerca del nacimiento de Jesús ya que los Reyes Magos, precisamente, fueron los enviados de Dios que dieron a conocer esa importante noticia.

En función de ese objetivo, el anónimo autor del escrito traza una de las más ricas semblanzas acerca de la personalidad, trayectoria y destino de cada uno de los Magos, todo ello inserto en un contexto profético de antecedentes veterotestamentarios.

Como se acaba de señalar, la historia de los Reyes Magos sólo figura en un breve pasaje del evangelio de San Mateo (Mt. 2,1-12), como mera introducción al episodio de la matanza de los inocentes. Sin embargo, la trascendencia que tuvieron estos personajes no guarda relación con esa sucinta mención.

Sin lugar a dudas, dicha trascendencia tiene su respuesta, en primer lugar, en «el deseo de completar la narración nodal de lo sagrado encarnado, la del Evangelio. Así se constituye un ciclo de leyendas subsidiarias al silencio o a las lagunas de la Escritura». Por otro lado, los Reyes Magos también servirían para «manifestar el misterio de la Encamación y designar al Niño Jesús, desde su nacimiento, como Dios y Rey».

En efecto, el episodio de los Magos es una clara demostración del carácter divino que se atribuía al recién nacido. Tal demostración -a juicio de Jean-Pierre Albert- tiene un matiz singular: «los Reyes Magos son el espejo de la realeza de Cristo.

Pero la relación que se establece entre ellos y el Niño-Rey no es exclusivamente especular. Su forma inmediata es la del don». Así, los regalos que ellos entregan a Jesús cumplen, por una parte, una función reveladora de la magnificencia del personaje al que se adora y, por la otra, profetizan la misión celestial que le estaba reservada al Hijo de Dios.

La necesidad de exaltar ese reconocimiento humano de la divinidad de Cristo -y la demanda de milagros vinculados a los primeros años de vida de Jesús- se visualiza claramente en los evangelios apócrifos. Cinco de ellos hacen referencia a la visita de los Reyes Magos: el Protoevangelio de Santiago -de manera muy escueta-, el Líber de infantia Salvatoris, el Evangelio árabe de la infancia, el Evangelio del Pseudo Mateo y el Evangelio armenio de la infancia.

En el caso de los tres primeros, no figura dato alguno que nos indique el número o la condición de estos personajes, a quienes se cita simplemente como los «magos». Recordemos que la tradición oriental hablará de doce magos, en tanto la occidental indicará que sólo eran tres. Este número aparece en el Evangelio del Pseudo Mateo y en el Evangelio armenio. Este último, además, señala el nombre y parentesco de estos fabulosos seres: eran los hermanos Melkon, rey de los persas; Baltasar, monarca de los indios; y Gaspar, soberano de los árabes.

Esta misma fuente, como vemos, individualiza a los magos como reyes -cosa que tampoco figura en los otros apócrifos-, resaltando ese carácter revelador que antes indicáramos -el Rey de reyes adorado por reyes-. Por último, se menciona que los Magos estaban reunidos en Persia, ya que este reino «dominaba sobre todos los reyes de Oriente por su poder y sus victorias». A ese lugar, por ende, acudiría el ángel del Señor para anunciar a estos personajes la llegada del recién nacido e instar a los Magos a iniciar su viaje.

Por su parte, los primeros Padres de la Iglesia debatieron largamente en torno a la figura de los Magos. En particular, su relación con la estrella que les reveló el nacimiento de Cristo fue el punto más impugnado, ya que -de aceptar literalmente las palabras de Mateo- ello implicaba el reconocimiento de la capacidad astrológica de los Reyes Magos.

Entre los textos que se ocuparon del tema y que fueron largamente utilizados a lo largo de la Edad Media, se cuenta la sexta homilía de san Juan Crisóstomo sobre el evangelio de san Mateo. En ella, el santo sugiere que «la estrella apareció a los Magos como una reflexión acerca de los judíos, quienes habían rechazado profeta tras profeta, puesto que la aparición de una simple estrella fue suficiente para llevar a los bárbaros Magos a los pies de Cristo».

  Devoción al Divino Niño Jesús
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Por su parte, Dios quiso ayudar a los Magos enviándoles un signo que, en su carácter de astrólogos, les era familiar. Pese a que este último dato «pone [a Crisóstomo] peligrosamente cerca de admitir, de manera tácita, […] que las estrellas son signos del futuro […] [el mismo santo] niega esto abiertamente […] aunque no puede desembarazar su subconsciente de esta idea»

Tras Crisòstomo, la figura de los Magos será continuamente considerada por otros autores cristianos. Como en el caso de los evangelios apócrifos, su número y procedencia fueron ampliamente debatidos: «Arabia según Justino mártir, Epifanio y Tertuliano o Pseudo-Tertuliano; Persia según Clemente de Alejandría, Basilio y Cirilo; Persia o Caldea de acuerdo a Jerónimo y Agustín y el filósofo Calcidius…».

Por su parte, el citado Agustín brindará un dato del que luego nos ocuparemos. Al preguntarse por qué los Magos supieron que la estrella que se les aparecía era el anuncio del nacimiento de Cristo, el santo «sólo sugiere que esto les fue revelado por espíritus, si malos o buenos él no lo
sabe».

Como ya veremos, este significado de la estrella y el carácter especial de los Magos como auténticos astrólogos y seres notables llamados por Dios también ocupará la atención del autor de la castellana Historia de los Reyes Magos.

De tal manera, estos datos recogidos en los evangelios apócrifos y las innumerables leyendas que luego se desarrollaron en tomo a las citadas figuras serán las bases de toda la construcción medieval acerca de
la personalidad y características de los Reyes Magos. No es nuestro propósito continuar el análisis de los derroteros seguidos por dicha construcción-análisis que demandaría un estudio mucho más profundo que el que podemos dedicarle en estas páginas-. Por el contrario -y según
anticipáramos-, sólo intentaremos señalar los alcances que tuvo la historia de los Magos en la Castilla de fines de la Edad Media, empleando
para ello la fuente en cuestión.

Entre las numerosas referencias a los Magos que figuran en la literatura castellana medieval, un antecedente significativo lo tenemos en el llamado Libro de los tres reyes de Oriente, de fines del siglo xii. Probable traducción o reelaboración de un poema provenzal, el texto tiene dos partes bien diferenciadas: por un lado, refiere la historia de los Magos siguiendo la narración de Mateo -es decir, como antecedente a la matanza de los inocentes-, a la que agrega algunos datos particulares.

Así, tal como aparece en el Protoevangelio de Santiago, los Magos se encuentran con Herodes en Belén -y no en Jerusalén, como indica el evangelista. Además, ellos figuran con sus nombres tradicionales. Por último, cada uno de los Magos ofrece su regalo: «Baltasar ofreció oro, por que era Rey poderoso; Melchor, mirra por dulcora, por condir la mortal corona, E Gaspar le dió incienso, que así era derecho».

La segunda parte de la misma obra refiere un suceso que nada tiene que ver con el título: apresados por unos ladrones durante su huida a Egipto, la familia de Jesús fue protegida por la mujer de uno de estos malhechores. En esas circunstancias, se opera lo que podríamos llamar» un milagro de contacto».

La mujer del ladrón se lamenta ante la Virgen por la muerte de uno de sus dos hijos, recientemente nacidos. María, entonces, ordena traer el cuerpo del niño, al que baña en la misma agua en que previamente había bañado a Cristo. Como era de esperar, el pequeño resucita. Años después, estos niños se convertirán en ladrones como su padre y su suerte volverá a encontrarse con la de Jesús: ellos serán los dos personajes que morirán crucificados con Cristo -el que fuera resucitado será Dimas, el buen ladrón, en tanto su hermano será Gestas-.

La historia ha sido tomada, indudablemente, de uno de los apócrifos, el Evangelio árabe de la infancia. Allí se cuentan, por un lado, varias curaciones de niños leprosos y agonizantes que se reponen tras haber sido bañados con el agua en que se había lavado a Cristo. Por otra parte, también figura un pasaje en el que la Sagrada Familia es apresada por unos ladrones.

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Uno de ellos, Tito, solicita a su compañero, Dúmaco, que libere a Jesús y los suyos -entregándole a cambio una faja que llevaba en la cintura-. Tras esto, el propio Cristo hace saber a su madre que esos dos ladrones serían crucificados con él treinta años después y que Tito estaría a su derecha, en tanto Dúmaco a su izquierda.

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Tras esta referencia temprana -a la que podrían sumarse otras-, pasemos ahora al texto que nos ocupa. Tal como ha sido indicado, no conocemos al autor de la Historia de los Reyes Magos. Podemos suponer, sin embargo, algunos datos acerca de su personalidad y de la fecha en que redactó su obra.

En este último sentido, elementos significativos son la mención de los reyes Fernando e Isabel y del tribunal de la Santa Inquisición, indicios que nos ubican en las dos últimas décadas del siglo xv. Más concretamente, al referirse a los errores de los judíos, el tratadista señala que éstos «non miran con su ceguedad, que ay oy mili e quatro Rentos e nouenta años qu’el [Cristo] nagió».

Por su parte, en lo que respecta al primer punto, María Teresa Herrera ha supuesto que el autor del libro debía ser un judío converso, deseoso de demostrar su ortodoxia.

Algunos de los elementos que, a juicio de la editora, corroboran esta suposición son la gran cantidad de citas del Antiguo Testamento que figuran en el relato -sobre todo, de carácter mesiánico-, una cierta influencia rabínica en lo que respecta al cálculo numerológico que figura en el texto y varios pasajes del mismo en los que -como ya veremos- aparece Satanás tentando a los Magos, tentaciones que «son las mismas que el alma judía sentía a la hora de su conversión».

Ahora bien, pese a que puede compartirse que el autor de la narración haya sido un converso o alguien vinculado al ambiente judío -ya sea como antiguo miembro de esa comunidad o como cristiano preocupado por erradicarla- algunas de las razones que se aducen para sostener tal suposición no son del todo fiables.

En particular los cálculos numerológicos que se ofrecen en la obra, si bien pueden derivar de las antiguas tradiciones cabalísticas, también lo pueden hacer -según veremos- de concepciones muy arraigadas en el ambiente cristiano y presentes desde hacía varios siglos.

De la misma manera, los pasajes referidos a las tentaciones de Satanás -fragmentos que Herrera presenta como claves para su hipótesis- son, como también intentaremos demostrar, diálogos en los que se cuestionan elementos propios de la tradición cristiana, en niveles que podríamos calificar de «interpretaciones sociales no dogmáticas» -es decir, sin que haya necesidad de conectarlos específicamente a una polémica antijudía-.

Por último, cabe aclarar que, para llevar adelante su propósito, el autor utiliza varias fuentes, entre las que se cuentan, principalmente, los citados escritos veterotestamentarios (en particular, los textos proféticos de Isaías, Ezequiel y Jeremías, los libros sapienciales y el Pentateuco). Junto a ellos figuran, además, san Mateo -lo que era lógico de esperarreferencias a san Jerónimo (probablemente, los Comentarii in evangeliorum Matthaei y los Comentarii in Danielem) y una mención a la Historia scholastica de Pedro Comestor…

Los Reyes Magos como Testimonio del Amor de Dios

Dentro de ese contexto, pasemos ahora a analizar la utilización que hace el tratadista de la figura de los Reyes Magos. En consonancia a lo anterior, lo significativo en este sentido es la manera en que estos personajes son presentados como paganos que sí reconocieron a Cristo como Hijo de Dios, pese a todas las tentaciones demoníacas y a las dudas de sus propios pensamientos.

El primer signo de tal manifestación divina es, lógicamente, el de la estrella que guió a los Magos. Ella -parecida a los «cometas, que aparesgen quando alguna cosa marauillosa acontesge o quiere acontesger en el mundo»- fue la encargada de avisar a los «sabios en la arte de la astrología o mágica por donde los llamaban en caldeo, Magos, que los dicen por hombres sabios que siempre estudian en el movimiento de los cielos qué significan los secretos que en ellos parecen».

Con esto, el narrador sigue, de manera escrupulosa, una afirmación de san Jerónimo, bien conocida en la Edad Media y desarrollada ampliamente más tarde por autores tales como Alberto Magno o Tomás de Aquino. Frente a la tradición isidoriana -que veía a los magos como seres maléficos-, Jerónimo sugiere que «magos» era el nombre que los caldeos daban a sus sabios.

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Por otro lado, el texto también introduce una diferencia significativa en lo que atañe a la manera en que fue anunciado el nacimiento de Cristo: en tanto los pastores fueron convocados por un ángel que bajó del cielo -es decir, un ser divino que adoptó figura corporal y descendió a la Tierra para comunicar la nueva-, los Magos fueron llamados por un signo maravilloso que sólo ellos pudieron interpretar.

Así, los Magos «Se sabía que en la estrella había grandes y maravillosos secretos de símbolos que suelen denotar cometas en los que según los astrólogos suelen simbolizar algunos de los tres misterios l ..]».

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Tales misterios guardaban un paralelo con la Santísima Trinidad y simbolizaban la gran «admiración o maravillamiento de gentes, movimientos de grandes huestes, grandes derramamiento de sangre». Este último significado aludía, claro está, a la matanza de los Inocentes, episodio que permite al narrador desarrollar una semblanza de la figura de Herodes y de los pecados de la monarquía.

Ajuicio de aquél, el citado monarca había caído en cuatro errores: la
soberbia, «de no querer que nadie sea suyo y lo mismo, cuando más de
pensar que era mayor»; la envidia, «de oir decir que aquél rey por
quien preguntaba era rey de Israel»; la ira, «para la codicia de matar»;
y la avaricia, «pensó que si no manda a matar que con el poder que
él tenía se tomaría el reino».

Como vemos, se trata de un auténtico repertorio de pecados capitales, doblemente graves dado que quien los comete es el rector de la sociedad. Así, Herodes «mandó matar todos los niños de aquellas partidas donde murieron ciento cuarenta y cuatro niños».

Tras esta introducción, el autor desarrolla lo que, sin dudas, es la
parte más significativa de su obra: un relato acerca de las tentaciones
que Satanás hizo a cada uno de los Reyes Magos, instándolos a abandonar su propósito. El primero en caer en tales argucias fue Gaspar, a quien el diablo se le presentó como «gran sabio filósofo o ansy mágico commo él».

La magia, una vez más, no es condenada sino que se la sigue interpretando según la acepción caldea del término. La cuestión que el diablo presenta a Gaspar es cómo, siendo Dios encarnado, Cristo podía llorar: «porque yo sé que el que es nacido […] es un niño que nació llorando lo cual leyendo él Dios lo ha escuchado, que llorar no es addente que en Dios ha logar».28 Tenemos aquí una primera aproximación al conjunto de elementos que configuran la trama principal del relato -como ya veremos, junto a las lágrimas, se citan la sangre, la leche y el vientre materno-.

En efecto, lo que se presenta aquí es el problema de la humanidad de Cristo, identificada a través de sus humores. Dicha identificación fue corriente a lo largo de la literatura medieval, que desarrolló en torno a ella lo que se ha dado en llamar una auténtica «mitología cristiana».

De hecho, «las tradiciones, canónicas o apócrifas, colocan al cuerpo de Cristo en el centro de una compleja red de intercambio de líquidos […] La mayor parte de las escenas importantes de la vida pública de Jesús se relacionan con un líquido».

En este caso, las lágrimas cumplen esa función demostrativa de la naturaleza de Cristo, capaz de poner en duda su divinidad ya que ellas «no es una casualidad que Dios ha llegado». Para resolver esta contradicción, el autor del texto apeló a la lógica simbólica y profética que subyace a toda su
obra. Tal como responde Gaspar,

soy él [Cristo] nació llorando tanto más muestra la virtud de su magestad
que nos comienza a enseñar lo que por nos y con nosotros viene a obrar que es la santa redención nuestra. Y llora su piadosa humanidad la culpa de nuestro primero padre temporal que nos obligó a perpetua sanación […] Y así mismo lloró para darnos doctrina que donándonos a él y llorando nuestros pecados, lo cual debe ser con pura contrición y verdadera confusión de ellos […]».

Así, la respuesta se ajusta a la concepción cristiana que ve las lágrimas -como la risa- dentro del «horizonte del pecado y de la salvación». Las lágrimas son la imagen indudable del agua que limpia el pecado original, limpieza que -sustentada principalmente en el bautismo constituyó uno de los puntos claves de la literatura castellana defines del siglo xv.

Fuente: La Historia de los Reyes Magos

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