Dichosos los invitados a la cena del Señor

1¿QUÉ CREEMOS SOBRE LA SAGRADA
COMUNIÓN?

La Sagrada Comunión es una participación en común de la Eucaristía en que Cristo está verdaderamente presente. El presbítero, recordando las palabras y acciones de Jesús en la Última Cena, consagra el pan y el vino, que se convierten, por el poder del Espíritu Santo, en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

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Por tal razón la Iglesia ha empleado tradicionalmente la palabra “transubstanciación” para describir el cambio que se produce. La substancia (lo que algo es) del pan y del vino se convierte totalmente en la substancia del Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Aunque la apariencia del pan y el vino se mantiene, el Señor Jesús Resucitado está realmente presente, y así, es él realmente el que es recibido en la Sagrada Comunión: Cuerpo y Sangre, alma y divinidad.

A nuestra recepción de Cristo en la Eucaristía la llamamos “Sagrada Comunión”, pues a través de nuestra recepción de su Cuerpo y su Sangre entramos en comunión con quien es el Santísimo.

El Hijo de Dios llegó para participar de nuestra humilde humanidad a fin de que nosotros pudiéramos llegar a participar de su santa divinidad. Cuando recibimos a Cristo en la Sagrada Comunión, nos unimos a Cristo Resucitado y llegamos a participar de su vida divina. Así, mediante la presencia de Cristo, nos unimos igualmente, en el Espíritu Santo, a Dios Padre, la fuente de toda santidad.

2¿CUÁL ES EL SIGNIFICADO DE UNIRSE A
CRISTO EN LA SAGRADA COMUNIÓN?

El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que “recibir la Eucaristía en la comunión da como fruto principal la unión íntima con Cristo Jesús”. Esta unión abarca al menos tres elementos significativos.

A. Participación en el sacrificio de Cristo Jesús, nuestro Sumo Sacerdote,

Ofreció amorosamente su propia vida en la cruz como santo sacrificio al Padre por nuestros pecados. Como el inmaculado “Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo” (Jn 1:29),
Jesús estableció la alianza eterna —“la nueva alianza, sellada con mi sangre” (Lc 22:20)— con el Padre. En la Eucaristía, el sacrificio de Cristo se hace plenamente presente de nuevo.

Al tomar parte en la liturgia de la Eucaristía, nos unimos al santo sacrificio de Cristo. La celebración de la Eucaristía culmina en la recepción de la Sagrada Comunión. Como ha declarado el Papa Juan Pablo II: “La eficacia salvífica del sacrificio se realiza plenamente cuando se comulga recibiendo el cuerpo y la sangre del Señor”.

En el banquete eucarístico somos alimentados por el pan vivo y bebemos del cáliz de nuestra salvación. El Señor Jesús Resucitado viene a morar personalmente dentro de nosotros, y así participamos de su vida y amistad. Él se entrega a nosotros completa y enteramente, y nosotros estamos llamados a entregarnos completa y enteramente a él.

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También somos elevados a su Reino celestial, y, en unión con él, somos abrazados por el Padre en el amor del Espíritu Santo como sus hijos e hijas redimidos. En consecuencia, recibir a Jesús en la Sagrada Comunión nos fortifica contra el pecado, que daña nuestra relación con Dios, nos sana de nuestras debilidades, y nos empodera para vivir vidas santas de mutuo amor sacrificial.

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B. La comunión mutua

La recepción de la Sagrada Comunión es un acto de la Iglesia como el Cuerpo de Cristo. Aunque cada uno de nosotros recibe personalmente la Sagrada Comunión, no es una devoción privada. Por el contrario, la recepción de la Sagrada Comunión es una parte integral de nuestro culto como comunidad de fe.

Asimismo, el término “comunión” acentúa el hecho de que, al recibir la Sagrada Comunión, nos unimos a Jesús y, por tanto, unos a otros. Cuando nos hacemos un solo cuerpo con Cristo al recibir la Sagrada Comunión, también nos unimos mutuamente. “El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo,
porque todos comemos del mismo pan” (1 Cor 10:17).

Como ha explicado el Papa Benedicto XVI: La unión con Cristo es al mismo tiempo unión con todos los demás a los que él se entrega. No puedo tener a Cristo sólo para mí; únicamente puedo pertenecerle en unión con todos los que son suyos o lo serán. La comunión me hace salir de mí mismo para ir hacia Él, y por tanto, también hacia la unidad con todos los cristianos.

Nos hacemos “un cuerpo”, aunados en una única existencia. Ahora, el amor a Dios y al prójimo están realmente unidos: el Dios encarnado nos atrae a todos hacia sí. Por lo tanto, recibir a Jesús en la Sagrada Comunión es la máxima fuente y expresión de nuestra comunión con la Bienaventurada Trinidad y entre nosotros.

La Sagrada Comunión es verdaderamente un anticipo del cielo: donde juntos todos los hijos del Padre se volverán plenamente uno solo con su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, en el amor del Espíritu.

Aunque la celebración de la Eucaristía nos da un anticipo de aquella unidad perfecta por la que esperamos, este mismo anticipo debe inspirarnos a trabajar por una más profunda realización de la comunión entre todo el mundo aquí en esta tierra.

Puesto que entrar en la comunión de la Eucaristía nos lleva a una más íntima conformidad con Cristo, debemos estar llenos de un amor por nuestro prójimo como el de Cristo, un amor que nos lleve más allá de la mera preocupación por nosotros mismos y nos anima a promover el bien común y hacer valer la dignidad de toda persona
humana.

El Papa Juan Pablo II describió esta actitud hacia la familia humana como una actitud de “solidaridad”, que él definió como “la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos”.

C. Participación común en la Resurrección y divinidad de Jesús

En la Sagrada Comunión recibimos al Jesús resucitado y glorificado, que una vez murió en la cruz por nosotros. Por tanto, somos alimentados, aquí y ahora, con la propia vida resucitada de Jesús, y así nos convertimos en una nueva creación en él (véase 2 Cor 5:17). La Sagrada Comunión, entonces, anticipa y es una promesa de nuestra propia resurrección corporal, cuando habremos de participar plenamente en el banquete celestial de la vida eterna.

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Como Jesús afirmó: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día.

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El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él” (Jn 6:54, 56). Asimismo, nosotros llegamos “a participar de la naturaleza divina” (2 Pe 1:4), pues Jesús, en la Sagrada Comunión, nos une al Padre conformándonos a su propia divina imagen y semejanza mediante el poder del Espíritu Santo.

Ya que la recepción de la Sagrada Comunión puede tener un efecto tan profundo sobre quienes la reciben dignamente, la Iglesia Católica anima a todos los fieles a tomar parte en ella frecuentemente. “Es claro que la recepción frecuente o diaria de la Santa Eucaristía acrecienta la unión con Cristo, alimenta con más abundancia la vida espiritual, fortalece el alma en la virtud, y da al comulgante una promesa más firme de dicha eterna”.

3¿QUIÉN PUEDE RECIBIR LA SAGRADA COMUNIÓN?

Mediante el Bautismo y nuestra fe compartida en el Evangelio de Jesucristo, nos hacemos miembros de la Iglesia visible, bajo la autoridad apostólica del papa y los obispos.

La celebración de la Eucaristía expresa y realiza esta comunión en Cristo. Con pocas excepciones, sólo quienes son miembros de la Iglesia Católica pueden recibir la Sagrada Comunión en una liturgia eucarística católica.

En consecuencia, ser bautizado y participar de la fe de la Iglesia son condiciones para la plena participación en el Sacramento de la Eucaristía, que culmina en la recepción de la Sagrada Comunión.

Los Hechos de los Apóstoles nos dicen que los primeros cristianos “acudían asiduamente a escuchar las enseñanzas de los apóstoles, vivían en comunión fraterna y se congregaban para orar en común y celebrar la fracción del pan” (Hechos 2:42).

Por su misma naturaleza, la Eucaristía es la realización a que tiende nuestra vida compartida en unión con Cristo: ella fortifica nuestra fe en común, alimenta el lazo colectivo del amor y acrecienta nuestra santidad dentro del cuerpo de Cristo.

Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: “La Eucaristía es ‘fuente y cima de toda la vida cristiana’”.

4¿ALGUNA VEZ DEBEMOS ABSTENERNOS
DE RECIBIR LA SAGRADA COMUNIÓN?

En virtud de nuestra pertenencia a la Iglesia Católica, ordinariamente estamos en libertad de recibir la Sagrada Comunión. De hecho, es muy deseable que recibamos el Cuerpo y la Sangre del Señor, para que la Sagrada Comunión destaque claramente la partici­pación en el sacrificio que se está realmente celebrando.

En verdad, todos debemos atesorar la gracia que se nos da en la Eucaristía. Debemos esforzarnos por recibir la Sagrada Comunión con regularidad, gratitud y dignidad. Sin embargo, podemos encontrarnos en situaciones en que un examen de conciencia ante Dios nos revela que debemos abstenernos de participar del Cuerpo y la Sangre de Cristo.

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Además, debemos ser cautelosos al juzgar si alguna otra persona debe o no recibir la Sagrada Comunión.
Falta de gracia santificante Para recibir la Sagrada Comunión debemos estar en comunión con Dios y con la Iglesia. El pecado mortal constituye un rechazo de la comunión con Dios y destruye la vida de gracia dentro de nosotros.

El pecado mortal es un acto violatorio de la ley de Dios en una materia grave, y ejecutado con pleno conocimiento y con deliberado consentimiento de la voluntad.

Si ya no estamos en estado de gracia debido al pecado mortal, estamos seriamente obligados a abstenernos de recibir la Sagrada Comunión hasta que nos hayamos reconciliado con Dios y la Iglesia.

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Aunque seguimos siendo miembros del cuerpo de Cristo y continuamos siendo parte de la Iglesia Católica, nos hemos convertido en miembros sin vida o muertos. Ya no participamos del lazo común de la vida divina del Espíritu Santo.

Como nuestro pecado nos ha separado de Dios y de nuestros hermanos y hermanas en Cristo, hemos perdido nuestro derecho a recibir la Sagrada Comunión, pues la Eucaristía, por su misma naturaleza, expresa y alimenta esta unidad vivificante que el pecador ahora ha perdido.

San Pablo advirtió a los corintios que “por lo tanto, quien come el pan o bebe del cáliz de manera indigna, se hace culpable de profanar el Cuerpo y la Sangre del Señor” (1 Cor 11:27).

Manifestando la misericordia del Padre, Jesús instituyó el Sacramento de la Penitencia precisamente para permitirnos confesar nuestros pecados en arrepentimiento, recibir la absolución del presbítero, y así recibir nuevamente la gracia del Espíritu Santo, que una vez más nos hace miembros vivos del cuerpo de Cristo, la Iglesia.

Objetivamente, ciertos pensamientos, acciones y omisiones conllevan materia grave de pecado. Como católicos, estamos obligados a formar nuestras conciencias respecto a lo que constituye materia grave según la doctrina de la Iglesia. Aunque no es posible hacer una lista completa de los pensamientos y acciones que constituyen materia grave, todas serían violaciones serias a la ley del amor a Dios y al prójimo. Si seguimos el orden de los Diez Mandamientos, algunos ejemplos de tales pensamientos y acciones serían:
• Creer u honrar como divino a alguien o algo que no sea el Dios de las Sagradas Escrituras.
• Dar falso juramento invocando a Dios como testigo.
• Dejar de rendir culto a Dios al faltar a misa los domingos y días santos de percepto sin una razón seria, como por ejemplo enfermedad o ausencia de un presbítero.
• Actuar en seria desobediencia contra la autoridad competente; deshonrar a los padres desatendiéndolos en su necesidad y enfermedad.
• Cometer homicidio, incluyendo aborto y eutanasia; abrigar odio deliberado contra otros; abuso sexual contra otro, especialmente
un menor o adulto vulnerable; abuso físico o verbal contra otros que cause grave daño físico o psicológico.
• Sostener actividad sexual fuera de los lazos de un matrimonio válido.
• Robar de una manera gravemente injuriosa, por ejemplo, asalto a mano armada.

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